Un autorretrato nunca nos podrá ofrecer una visión de futuro porque habita en el pasado. Como si de la magdalena de Proust se tratara, nos evoca ese tiempo pretérito al que no se puede volver, realizando un viaje hasta el lugar donde viven nuestros recuerdos.

Sin embargo, observar esa imagen del joven inexperto, de aquel padre primerizo que un día fuimos, cuando ya somos abuelos, es como mirar a una persona que solo existe en la incierta memoria de un ayer remoto. Ese rostro, en el que nos reconocemos, es el de aquel que un día fuimos y nos ha convertido en el que ahora somos.

El viejo, finalmente y en el mejor de los casos, acaba examinando su rostro en el espejo, con mucha ironía ante ese futuro incierto que a todos nos espera, en el que ya no habrá ningún reflejo que nos devuelva la mirada.